jueves, 17 de julio de 2008

EL LIBRO TIBETANO DE LA VIDA Y LA MUERTE.


Hoy me gustaría copiar aquí en el blog, un fragmento de dicho libro, el cuál recomiendo lo leáis con calma y después meditéis sobre lo que os trasmite sus mensajes.
Esta escrito por Sogyal Rimpoché, uno de los muchos tibetanos que se vieron obligados a abandonar Tíbet cuando el país fue ocupado.

Espero que dicho fragmento os trasmita un mensaje positivo.

Besos

EL GRAN ENGAÑO

El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estupido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se agudiza cada vez más. ¡Qué amargura!¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance!Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente.

CHUANG TZU

Tras la muerte de mi maestro disfruté de una estrecha relación con Dudjom Rimpoché, uno de los más grandes maestros de meditación, místicos y yoguis de nuestra época. Un día viajaba por Francia con su esposa, admirando el paisaje mientras conducía. Pasaron ante un extenso cementerio que estaba recién pintado y adornado con flores. Su esposa comentó:
-Rimpoché, mira que pulcro y qué limpio lo tienen todo en Occidente. Hasta los lugares donde depositan los cadáveres están inmaculados. En Oriente, ni siquiera las casa donde vive la gente están tan limpias.
-Ah, sí-respondió él-,es verdad; éste es un país muy civilizado. Tienen unas moradas maravillosas para los cadáveres de los muertos. Pero ¿no te has fijado? Tienen moradas igualmente bonitas para los cadáveres de los vivos.
Cada vez que recuerdo esta anécdota pienso en lo vana y fútil que puede ser la vida cuando está fundada en una creencia errónea sobre la continuidad y la permanencia. Cuando vivimos de esa manera, nos convertimos, como decía Dudjom Rimpoché, en cadáveres vivientes insconcientes.
La mayoría vivimos así, en función de un plan preestablecido: consagramos nuestra juventud al estudio; a continuación, encontramos un trabajo; conocemos a alguien; nos casamos y tenemos hijos; compramos una casa; nos esforzamos en triunfar profesionalmente: intentamos realizar sueños, como tener una casa de campo o un segundo automóvil; nos vamos de vacaciones con nuestros amigos; hacemos proyectos para la jubilación... Para algunos de nosotros, los mayores dilemas a los cuales debemos enfrentarnos consisten en decidir dónde pasar las próximas vacaciones o a quién invitar por Navidad. Nuestra vida es monótona, mezquina, repetitiva y la desperdiciamos en la persecución de lo banal, dado que, al parecer, no conocemos nada mejor.
El ritmo de nuestra vida es tan frenético, que lo último en lo que se nos ocurriría pensar es en la muerte. Sofocamos nuestro miedo secreto a la impermanencia rodeándonos de cada vez más bienes, más cosas, más comodidades, hasta vernos convertidos, a fin de cuentas, en sus esclavos. Dedicamos todo nuestro tiempo y nuestra energía simplemente en mantenerlos. Nuestra única finalidad en la vida pronto se convierte en conservarlo todo tan seguro y a salvo como nos sea posible. Cuando se produce algún cambio, buscamos el remedio más rápido, alguna solución ingeniosa y provisional. Y así, a la deriva, va pasando nuestra vida, a menos que una enfermedad grave o una catástrofe nos saque de nuestro estupor.
Por otra parte, tampoco dedicamos mucho tiempo ni mucha reflexión a nuestra vida. Pensad en esas personas que trabajan durante años y que, una vez jubiladas, se dan cuenta, a medida que envejecen y se acercan a la muerte, de que no saben qué hacer consigo mismas. A pesar de todos nuestros dircursos de ser pragmáticos, el pragmatismo en Occidente se resume en una visión a corto plazo, marcada por la ignorancia y, frecuentemente, por el egoísmo. Centrarnos de una manera miope en nuestra vida, y solo en esta vida, es el gran engaño, la fuente de la que bebe el sombrío y destructivo materialismo del mundo moderno. Nadie habla de la muerte o de una vida tras la muerte, ya que se nos han inculcado la idea de que hablar de estas cosas sólo sirve para estorbar nuestro "progreso" en el mundo, digámoslo así.
Sin embargo, si nuestro deseo más profundo es vivir y seguir viviendo, ¿por qué insistimos ciegamente en que la muerte es el final? ¿Por qué no intentamos al menos explorar la posibilidad de que exista una vida después de la muerte? ¿Por qué, si somos tan pragmáticos como pretendemos, no empezamos a preguntarnos seriamente dónde está nuestro verdadero futuro? Después de todo, nadie vive más de cien años. Y a continuación se extiende toda la eternidad, de la que no sabemos nada....

(Fragmento extraido del libro EL LIBRO TIBETANO DE LA VIDA Y LA MUERTE de Sogyal Rimpoché.)

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